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El desnudo se cuela cada vez más en la danza |
Vestidos con voluminosas capas de ropa, dos bailarines, Walter Dundervill y Jennifer Kjos, se subieron a un par de bancos. Otros dos, Chase Granoff y Tasha Taylor, salieron a escena blandiendo tijeras, y las contemplaban como un pintor que se enfrenta a un lienzo en blanco. Empezaron a cortar. A medida que caían pedazos de texturas y colores al suelo, Granoff y Taylor, con escalofriante y firme perseverancia, cortaron hasta el último retal de los trajes de los bailarines, quietos como estatuas, hasta que se quedaron como Dios los trajo al mundo. La escena, cautivadoramente incómoda, transformó al público en mirones. Pero funcionó en más de un plano. Además de emocionante, fue una metáfora que tiene eco en toda la danza contemporánea: cortar capas para llegar hasta la piel. Además de la impresionante Nova de Spradlin, el desnudo en la danza se ha visto recientemente en piezas de Miguel Gutiérrez, Ann Liv Young, DD Dorvillier, Sasha Waltz, Pascal Rambert y Ohad Naharin, y, en febrero, en obras de Jeremy Wade y el equipo de Heather Kravas y Antonija Livingstone. La danza contemporánea y el desnudo no son unos desconocidos, ni mucho menos, pero en numerosas actuaciones recientes la piel ha ocupado el lugar del vestuario. En los tiempos que corren, ese auge no tiene su origen en la liberación sexual, como ocurrió cuando aparecían cuerpos desnudos sobre el escenario en los años sesenta, o en el desafío político, como en su reaparición en los años ochenta. Al contrario, los coreógrafos lo enseñan todo como una forma de revelar algo esencial sobre la experiencia humana. La desnudez a la vista es dura y despiadada, aunque inequívocamente vulnerable. Rose Lee Goldberg, escritora, historiadora y directora fundadora de Performa, una organización con sede en Nueva York dedicada a la investigación y a las actuaciones de artistas visuales, especula que la nueva ola de desnudez podría guardar cierta relación con una reacción contra el auge de la tecnología en las obras multimedia. "Parece que, de vez en cuando, necesitamos recordar que la coreografía es cosa del cuerpo", afirma. "Es la idea de alejarse de la ornamentación y volver a un pensamiento más serio sobre la danza". Aunque la desnudez presentada por una nueva generación de coreógrafos no es gratuita, quizá nadie, ni siquiera la especie más sofisticada de neoyorquino, se haya habituado completamente a ella. En la danza, el desnudo es una forma de someter al público a cierta clase de incomodidad. "El estar tan cerca de gente desnuda incomoda", señala Goldberg. "La desnudez realmente se apodera de tu cuerpo y mente. Todos debemos resolverla mentalmente. ¿Por qué reaccionamos de forma positiva o negativa? No contemplas la desnudez sin más; quedas sumido en una serie de preguntas. Creo que ésa es la conversación que surge y, en ese sentido, siempre funciona". La desnudez en la danza todavía no ha llegado al norte de Manhattan; un espectáculo nudista presentado por el Ballet de Nueva York probablemente seguiría resultando chocante. Y es imposible predecir si, en general, el público estadounidense del baile tradicional aceptará la estética vanguardista de la desnudez. El auge de la piel podría marginar todavía más al baile, pero el objetivo no es asegurarse actuaciones para una gira. Por el contrario, la desnudez refleja una investigación cada vez más profunda del cuerpo, y sus efectos en la danza como modalidad artística quizá se dejen sentir durante años. La nueva colaboración de Kravas y Livingstone, estrenada en febrero en el Dance Theater Workshop de Nueva York, debía presentar una actuación distinta cada noche, con una desnudez cada vez mayor a medida que transcurre la semana. "La tercera y la cuarta noche el aforo está casi al completo", señala Kravas con sorna. Parece natural al comentar los espectáculos pero, al menos en el ámbito personal, no se queda indiferente ante la desnudez. "Odio quitarme la ropa, pero no sólo estoy desnuda en los bailes de los demás, sino también en todas mis piezas", dice riéndose. "Supongo que estoy lidiando con lo que expresa el cuerpo sin ropa. Estoy utilizando mi cuerpo como elemento visual, pero odio hacerlo. Soy tímida", añade. Para Kravas, el trabajar con esa timidez física ha sido una lucha personal, que aviva su coreografía. "Todos nos avergonzamos de nuestro cuerpo en cierta medida, y yo quiero superar esa vergüenza, no sólo por mí, sino culturalmente", afirma. "A la vez, es problemático. No podemos evitar el sexualizar los cuerpos. Comparamos el nuestro con el de los demás, y los clasificamos por su grado de atractivo. Lo odio y a la vez me siento atraída por ello". |
| Fuente: El País (Selección semanal The New York Times) 2 de Marzo de 2006 . Autor: Gia Kourlas |
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