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Mi camino hacia el Nudismo |
Lo
comento porque hoy me ha dado por poner por escrito algunos de mis
recuerdos. O de mis "batallitas".
No quisiera parecerme al abuelo Cebolleta en lo de pegar la
paliza a quienes me lean; aunque nunca se sabe. Bueno, pues si fuera
así, trata de disculparme y haz la vista gorda. ¡Ah!
Y quisiera dejar muy claro (por si las moscas) que éste ha sido mi
itinerario personal. Estoy convencido de que no es el único, ni
siquiera el mejor de los posibles. Sencillamente, ha sido el mío, y
lo cuento como lo he vivido. Tengo
60 años. Sí, ya sé que todavía soy joven: me lo acaba de decir mi
médico [;-P]. Pero cuando era joven de verdad (porque lo fui) en el
mundo se estaba cociendo (en España un poco menos) toda aquella
movida que cristalizó en lo que algunos llamaron "mayo del
68". Quizá te suene. ¡Fue tan hermoso y tan utópico...! Yo
vivía (y sigo viviendo) en una pequeña capital de provincias. No tan
provinciana como la retrató Bardem en aquel aguafuerte que tituló
"Calle mayor"; pero sí, bastante provinciana. Aun así, al
evocar aquella época, me vienen al recuerdo unos cuantos
descubrimientos que me marcaron. Uno de ellos fue la revista "Índice
de Artes y Letras": "Índice" a secas para los amigos.
Cada mes nos traía puntualmente no sólo las últimas y más
novedosas líneas de pensamiento, sino también las corrientes
culturales y artísticas que pegaban fuerte en aquellos momentos. Por
ella tuve noticia de un joven dramaturgo (un tal Fernando Arrabal)
que, al frente del "movimiento pánico", escandalizaba París
con sus happening; o supe que existía la "música zaj", que
nunca llegué a oír ni a contemplar, pero de la que sabía un montón... Otro
de mis descubrimientos fue el teatro. A mi ciudad apenas llegaban
compañías teatrales: unas cuantas de revista, alguna de zarzuela,
una o dos de comedia... y apenas nada más. Nos quedaba el
"teatro leído" (además de alguna aventura representada
entre los amigos) y eso me abrió el apetito. He perdido la cuenta de
las obras de teatro que leí en aquellos años: desde tragedias de Sófocles
hasta el teatro más de vanguardia, sin olvidar a nuestros clásicos.
Con la ventaja añadida de que, como casi todo solía ser leído, podía
imaginarme la iluminación, la escenografía y el vestuario (o el
des-vestuario) como me apeteciera en cada caso, sin cortapisas ni
censuras, y caracterizar a los personajes a mi gusto. ¡Anda, que no
soñé yo en aquellos años! ¿Qué
tiene que ver todo esto con el nudismo? Pues me temo que prácticamente
nada con el nudismo en general; pero bastante con mi camino hacia él.
Ese maremagnum filosófico, cultural, estético y existencial que me
rodeaba (y del que yo también formaba parte) nunca me dejó
indiferente. Me contagié; y aunque suene pedante, empezó a
interesarme (cada vez con más fuerza) la posibilidad de llegar lo más
al fondo posible de cuanto se cruzaba en mi camino. Y para eso había
que empezar despojándolo, hasta donde fuera posible, de todos los añadidos
(el ropaje, el disfraz, el maquillaje...) que ocultaban su verdad última
y más íntima: desnudarlo de todo aquello que, inevitablemente,
termina convirtiéndose en muralla que nos impide llegar hasta lo más
auténtico y verdadero de las personas y las cosas. Evidentemente,
lo primero que me encontraba siempre, lo que más cerca tenía y lo
que más me interesaba desnudar... era yo mismo. Empecé a prescindir
de la ropa en la intimidad de mi habitación. Era parte de la ética y
la estética del momento; pero también (y sobre todo) era como la
expresión y el compromiso de aquella mi búsqueda existencial de la
verdad (mi verdad) última y desnuda, sin que me dolieran prendas. Quizá
me he puesto demasiado serio y hasta un poco trascendente. Sé que el
nudismo tiene otra faceta mucho más agradable, lúdica y hasta
sensual. Yo también disfruté (y sigo disfrutando) con el tibio calor
del sol cuando cae sobre mi piel (mucho más agradable en primavera y
en otoño que en verano, cuando parece plomo derretido). Y disfruté
(y sigo disfrutando) con las múltiples caricias del viento: la suave
ternura de la brisa, la fuerza de los vientos recios que me erizan el
vello... (Por cierto: no sé por qué, me gusta más el contacto del
viento que el del sol, y he comprobado que el primero deja la piel
mucho más suave y hasta más curtida que el segundo). Y la maravilla
de meterme en el agua y comprobar que el cambio de "medio"
me convierte casi en una persona nueva: mi reacción cinética es
completamente diferente, y puedo hacer cosas que serían imposibles
fuera del agua... Y sobre todo, he disfrutado la sorprendente
experiencia de sentirme libre, sin nada que me ate ni me oprima. Al
menos en lo más físico y externo; porque sentirme completamente
libre, y serlo, es ya otra aventura y otra historia. A
veces, en los medios nudistas, denostamos los planteamientos creyentes
y, sobre todo, los cristianos. Puedo contar (insisto en que es mi
camino personal; el de otros puede ser muy distinto y aun contrario)
que la lectura de los místicos cristianos me empujó a avanzar todavía
más en mi camino hacia el nudismo. Ellos hablaban (y a veces lo
practicaban, incluso en el sentido más literal de la palabra) de
presentarse desnudos ante Dios, aceptando su propia realidad tal como
es, sin ocultar absolutamente nada al que nos ve y nos conoce como
somos, incluso por dentro, y sin ocultárnosla tampoco a nosotros
mismos. Tampoco querían defenderse de la acción de Dios; es mucho
mejor que la Luz y el calor penetren hasta lo más hondo. (Es curioso
que en casi todas las religiones, también en la cristiana, hay una
curiosa analogía entre el sol y Dios). No
ha sido el único apoyo externo que he ido recibiendo. También me han
ayudado (y no poco) una serie de cursos y cursillos en los que he
participado. Una veces por cuestiones relacionadas con el trabajo que
estaba haciendo, otras por pura afición, picoteé aquí y allá en
una serie de campos... digamos que divertidos. ¿Cómo
os vais a expresar? ¿Y cómo vais a trabajar para que las cosas sean
cada día un poco mejores?..." Aquella tarde entendí que aunque
no tenga un "cuerpo 10" (incluso aunque ande por el
aprobadillo raspado) éste es el único cuerpo que tengo; y, o aprendo
a aceptarlo tal como es y a aprovecharlo del mejor modo posible, o me
habré vuelto completamente inútil. Pero
para vivir en armonía con mi propio cuerpo, y con el de los demás,
todavía me ayudaron más algunas experiencias de psicomotricidad.
Durante tres veranos consecutivos estuve yendo a Barcelona, durante
una semana, para participar en unos cursos que dirigía Marcel Pla.
Fueron muchos descubrimientos (y muy intensos) sobre mi propio cuerpo
como vehículo de expresión y relación con los demás. Para
entenderlos hay que vivirlos, y me siento incapaz de traducirlos a
palabras. Pero podría contar algunas anécdotas. Aquella
mañana, por ejemplo, que dedicamos a jugar con máscaras y telas,
disfrazándonos y aparentando ser lo que no éramos. La terminamos en
un foro muy animado sobre "mi máscara y las máscaras de los demás",
"yo y mi máscara", "yo y las máscaras de los demás",
"yo y los demás, más allá de las máscaras"... En
realidad, tomando pie del juego, de lo que estuvimos hablando, sobre
todo y casi en exclusiva, fue de nuestra vida "enmascarada".
O aquel otro día en que Marcel cortó en seco un ejercicio (no sé lo
que habría visto) para apuntar: "Cuando alguien reduce el cuerpo
sólo (y subrayó el sólo) a la sexualidad, está recortando
enormemente la riqueza y las posibilidades de comunicación que tiene
ese cuerpo". El
clima de normalidad que conseguimos fue tal, que, aunque los
vestuarios estaban separados por sexos (corría la primera mitad de
los años 70 y algún año el cursillo fue en la piscina y el
polideportivo de los Escolapios de Sarriá) en cuanto llegaba el
segundo o tercer día nadie se preocupaba de cerrar las puertas de los
vestuarios. Incluso, con cierta frecuencia y con la mayor naturalidad,
los vestuarios se convertían en mixtos. Solíamos trabajar descalzos
pero no desnudos, aunque sí bastante ligeros de ropa: la primera
consigna era eliminar todo lo que pudiera atar, oprimir, encorsetar,
dificultar el contacto... Y lo que solía ocurrir es que, al acabar el
cursillo, necesitábamos más de una semana (y lo escribo en plural
porque nos pasaba a todos) para tolerar el calzado y los vestidos más
o menos convencionales. ¿Solución? Usarlos lo menos posible, usar
los menos posibles... y cuando fuera estrictamente necesario. Otra
experiencia (y será la última por ahora, para no cansar) que me hizo
pensar mucho (y que pienso que me enriqueció bastante) fue un curso
de dinámica de grupo que se podría titular "grupo de
entrenamiento para el trabajo grupal". Me resultó una
experiencia bastante dura, pero muy interesante. Consistía en
reunirse un grupo de 10 ó 12 personas, que no nos conocíamos
previamente, junto con un monitor, durante 5 días, a razón de 3
sesiones diarias de 2 horas cada una. El
primer día fue horrible: silencios interminables, sudores, mucha
tensión, dolores de espalda y bastante malestar... Luego fueron
apareciendo (el bisturí del animador las diseccionaba de maravilla y
las dejaba en carne viva) nuestras ansias de poder, con reacciones
incluso violentas y con buenas dosis de mala leche para hacernos con
él; nuestra vocación (curioso que la tuvimos todos, cada uno a su
manera y usando sus propias artimañas) de convertirnos en salvadores
del grupo; nuestros deseos confesados, y algunos otros más o menos
inconfesables; y sobre todo, los miedos. Nunca había pensado que tenía
(que teníamos) tantos miedos, tan profundos y tan paralizantes. Pasados
2 ó 3 días, en la medida que fuimos capaces de quitarnos las máscaras
en ese baile de disfraces que era nuestro grupo (y que es la vida), se
despertaron en cada uno de nosotros unos maravillosos sentimientos de
aceptación de mí mismo y de los demás, reconociendo los fallos y
las limitaciones de cada uno, incluso diciéndonoslos a la cara, pero
aceptándonos tal y como éramos. Así surgió la conciencia de que
habíamos dejado de ser individuos aislados, más o menos organizados
en forma de pirámide, para ser y vivir como grupo. Y a partir de ese
momento entramos (como grupo) en una especie de "luna de
miel" maravillosa... De verdad: si es maravilloso el bienestar de
un cuerpo desnudo, todavía es más maravilloso desnudarse por dentro
y llegar a encontrarse con uno mismo y con los demás "a
pelo", sin enmascarar la verdad, pero con los sentimientos a flor
de piel, en paz y en armonía. ¿O a todo eso habrá que llamarlo
"pasteleo"? Porque es verdad que uno de los grupos que vivió
la experiencia a la vez que el mío, lo celebró con pasteles. ;) No
es extraño que, con toda esa serie de ayudas y empujones, lo que había
empezado en la intimidad de mi habitación necesitara salir a campos
mucho más abiertos. Empecé buscando sitios apartados y discretos.
No; no era por vergüenza, ni por pudor... Quizá, sí, por un poco de
inseguridad; pero no tanto porque yo no asumiera mi desnudo en público,
cuanto por las repercusiones sociales que eso podía tener. Recuerdo
que todo esto ocurría a mediados de los 70, un poco antes de que España
entrara en esto que llamamos democracia, cuando el nudismo todavía
estaba prohibidísimo. Si escribían algo en tu ficha (y escribían
muchas cosas y sobre bastantes temas) luego no había forma de
limpiarla. Además, el nudismo lo practicaba yo solo y no tenía nadie
que me arropara. Y no deja de ser curioso (y hasta contradictorio)
que para estar sin ropa necesitemos alguien (persona o grupo) que
"nos arrope". Esa
situación de semi-clandestinidad no se prolongó demasiado.
Afortunadamente. Y diría que lo que más me ayudó fue encontrarme
con gente que se desnudaba y actuaba con toda naturalidad. Coincidió
con mi descubrimiento de Menorca, que en aquellos años se convirtió
en refugio de la progresía culta y audiovisual de España (y no lo
digo por mí, evidentemente). La fama la llevaba Ibiza; pero a mí me
ayudó más "la isla blanca y azul" y su flema y su humor
ingleses. Porque el turismo (así como muchas de las costumbres y
estilos de vida en la isla) era fundamentalmente anglosajón, nada
masificado y hasta diría que selecto: no sé si económicamente, pero
sí en categoría humana. Ahora, cuando el turismo y las costumbres se
han globalizado (y sobre todo latinizado) creo que la calidad de
relación y aun de vida se ha empobrecido bastante en "Sa
Roqueta". La
otra anécdota que voy contar me ocurrió en una playa casi virgen, en
la que sólo había una caseta de madera desde la que, a modo de
chiringuito, una pareja joven atendía una docena de hamacas (no habría
muchas más) esparcidas por la playa y servía algún refresco
"del tiempo" (cuando llegue después de comer, hacía horas
que se había derretido el poco hielo del caldero en que los
guardaban) así como café de puchero. Era media tarde y, acercándose
la hora del té, la playa empezaba a quedarse desierta. Mientras su
compañero recogía las hamacas, la mujer se quitó el pareo que
llevaba y, desnuda, se tumbó sobre la arena a tomar el sol, como si
tal cosa. Recuerdo que alguien se acercó a pedir una bebida. Ella se
levantó, entró en la caseta, sirvió lo que le habían pedido y
volvió a tumbarse en la arena. Lo
más divertido de esta anécdota es que, a la entrada de la playa
donde ocurría, había un gran cartel, nada artístico pero muy
visible: una chapa de hierro de casi un metro de altura, que había
estado pintada de blanco pero a la que el óxido había añadido unos
añejos tonos ocre. Un texto en letras que fueron negras, escrito en
castellano (los habitantes de la isla hablaban en menorquín y la
mayor parte de los turistas en inglés; apenas casi nadie usaba el
castellano) informaba que el nudismo estaba totalmente prohibido en
las playas de la isla y recordaba la obligación de denunciar ante las
autoridades a quienes lo practicaran. Escenas
como ésa (gente desnuda muy cerca de los carteles que lo prohibían;
a veces a menos de 10 metros) las he visto varias veces y en playas
diversas. La lástima es que no tengo ninguna fotografía: ni de los
carteles (abundaban bastante), ni de la gente desnuda junto a ellos. Y
ambas cosas las estuve viendo durante unos cuantos veranos. Pronto
descubrí que no necesitaba llevarme a nadie que me sirviera de apoyo,
porque el mejor apoyo lo encontraba entre los mismos usuarios de la
playa, muchos de ellos nudistas como yo. Sólo tenía un pequeño
problema, por el que me temo que hemos pasado casi todos: no me decidía
a ser el primero en desnudarme. Por lo general, llegaba a la playa y
oteaba lo que había. ¿Qué había alguien sin ropa? Me desnudaba, y
tan ricamente. ¿Qué todavía no había nadie desnudo? Esperaba
pacientemente (y por lo general vestido: nada de ambigüedades o de
medias tintas) a que otra persona se desnudara, y yo le seguía
inmediatamente; pero dar yo el primer paso... Hasta que un día me
descubrí siendo uno de los que se desnudaban con toda naturalidad y
sin mirar si había más gente desnuda o no. Uno
de mis primeros recuerdos en ese sentido está vinculado a Cales Coves.
Había ido a una gasolinera a llenar el depósito del ciclomotor que
usaba para moverme por la isla, cuando se me acercó una chica (también
con ciclomotor) preguntando por dónde se iba a Cales Coves. Por
entonces, Cales Coves era una especie de paraíso hippie, con un agua
de mar muy limpia a la que sólo se podía llegar deslizándose por la
roca, unos habitantes muy entrañables que vivían en alguna de las
numerosas cuevas funerarias prehistóricas que salpican los lados de
la cala, huellas de un pasado también notable en la época de
fenicios y romanos, un par de barcas que se dedicaban a la captura de
la langosta y de algún otro pescado si se terciaba, un manantial de
agua dulce en la misma orilla del mar... y mayoritariamente nudista.
Hoy en día se ha deteriorado mucho: el camino está intransitable, la
cala suele estar llena de barcos que fondean en ella, el agua está
grasienta, sucia y maloliente, hay bastante ruido, los habitantes se
han vuelto cada vez más marginales y hace un par de años que el
ayuntamiento optó por poner rejas a todas y cada una de las cuevas. No
era fácil indicar cómo se llegaba a esa cala... ni a ninguna otra de
las más o menos vírgenes. Cuando pregunté por qué no ponían
indicadores para poder localizarlas, un menorquín me comentó con
guasa (pero creo que también siendo muy consciente de lo que decía)
que ellos no los necesitaban, porque ya sabían dónde estaba cada
cala y cada playa; y en cuanto a los demás... mejor que no las
frecuentáramos para que no se las llenáramos de gente, ni de
suciedad. Yo había pensaba ir a otro lugar; pero el que me proponía
tampoco estaba mal. Así que cambié de planes sobre la marcha (eso
también es típicamente menorquín) y me ofrecí a guiarla. Cuando
dejamos los ciclomotores, ella se quedó en biquini, mientras yo seguía
con mi camiseta y mi pantalón vaquero. Ya había probado en mis
carnes (y más de una vez) la agudeza de las rocas y con qué limpieza
cortan la piel y lo que pillan debajo. "Así vas a
desentonar", me dijo. Y yo le respondí que no se preocupara: que
cuando llegáramos al agua, no desentonaría en absoluto. Y así fue:
ella siguió con su biquini (al cabo de media hora o poco más, sin
decirle nada, se decidió a quitárselo, y diría que fue su primer baño
en libertad) pero yo, aunque no la conocía de nada, desde el primer
momento, con toda naturalidad, me desnudé completamente y me sentí
la mar de relajado. Creo
que las playas mixtas (que allí son prácticamente todas; los
menorquines presumen de tener más de 120 lugares, entre calas y
playas, aptos para acercarse al mar, y sólo los más urbanizados y
masificados se pueden considerar fundamentalmente textiles) es una de
las cosas que más me han ayudado a ver el nudismo con toda
naturalidad. Cuántas veces, desnudo, he estado hablando amistosa y
relajadamente con gente que iba más o menos vestida. Ni nos hemos
insultado, ni nos hemos mordido, ni nos hemos considerado sospechosos
de nada... Éramos personas hablando, y punto. Lo de que fuéramos
rubios, morenos o como una bola de billar, españoles o de otro país,
catalanes, valencianos, andaluces, castellanos, gallegos, euskaldunes
o isleños, nudistas o textiles... eran anécdotas puramente
accidentales. Incluso
recuerdo a una familia bastante numerosa, madrileños por su acento,
con hijos e hijas jóvenes (pude que alguno hasta estuviera casado) a
la que se podría denominar (lo escribo sin ningún matiz peyorativo;
tomándolo sólo como un dato sociológico) gente pija, de la que usa
ropa de marca, incluidos los bañadores. Yo había preparado barro y
me había embadurnado con él. Mientras me secaba un poco antes de
entrar al agua para quitármelo, vi que ellos (que estaban muy cerca)
me miraban con curiosidad. Sospeché que a lo mejor les apetecía
probar. Así que me acerqué, les ofrecí el barro que me había
sobrado, les expliqué dónde estaba la tierra más adecuada y cómo
se preparaba por si querían hacer más, lo suave y lo limpia de
impurezas (que no de un tacto rojizo) que dejaba la piel... y los dejé.
Cómo disfrutaron. No se quitaron los trajes de baño (luego, en casa,
se verían negros para eliminar las huellas rojas de la tierra) pero
se embadurnaron, se fotografiaron, se rieron viéndose tan
"raros", se gastaron bromas... Al atardecer, cuando me
marchaba, nos despedimos amistosamente y con una franca sonrisa. Ellos
seguían con sus trajes de baño; pero creo que habían
"normalizado" bastante su percepción del nudismo y de los
nudistas. Y
puesto que estoy hablando de playas mixtas, diría que la que más
suelo frecuentar (una pequeña playa un tanto alejada y bastante
discreta, en la que se está muy tranquilo y en la que algo así como
la mitad solemos ser nudistas) quizá haya que catalogarla como mixta
multiplicada por dos, o elevada al cuadrado. Veréis: hay grupos
textiles junto a grupos nudistas; pero también hay (y más de lo que
se podría imaginar) grupos mixtos junto a grupos nudistas, textiles y
mixtos. Pues
bien, en esas excursiones y encuentros, suelen actuar con bastante
normalidad: cada uno se viste o se desviste a su gusto, sin que por
eso surjan malos rollos, ni enfrentamientos. Es verdad que, al
principio, los nudistas suelen andar un poco indecisos, y les cuesta
prescindir de la ropa. Los textiles, por su parte, también se quedan
inicialmente perplejos ante la desnudez de sus compañeros. Pero el
ambiente mixto hace maravillas... y enseguida se relajan tensiones y
conviven todos con la mayor naturalidad. No sé si pasa lo mismo en
otros sitios; pero lo que cuento lo he visto en reiteradas ocasiones.
Igual es que el mismo hecho de sentirse forastero ayuda a ser más
magnánimo, más tolerante y a tener más amplitud de miras. Como no
tengo que defender "mi" playa... Y
ahondando en ese concepto de las playas mixtas, aún hay otros especimenes
(entre los que me incluyo a veces) que resultan de lo más curioso.
Llegan a la playa, se desnudan, juegan, se bañan... con toda
normalidad. Hasta que de pronto deciden vestirse. Y no lo hacen de
cualquier manera, no: se embuten en esos trajes de neopreno que cubren
el cuerpo entero. Después de pisar 12 ó 15 veces una colonia de
erizos, rozarme con 3 ó 4 medusas y comprobar cómo saben el escozor
y la urticaria que producen, herirme con las rocas, sentir el
mordisqueo de las quisquillas mientras nadas (¡y cómo muerden las
condenadas, aunque sean casi invisibles!) y hasta haber tenido algún
comienzo de hipotermia... uno entiende perfectamente que, cuando se
quiere practicar el buceo durante un buen rato (y contemplar los
fondos marinos lo merece, aunque no se piense ir de pesca) conviene
tomar precauciones. ¡Ya se acabará la aventura y podremos recuperar
esa desnudez momentáneamente perdida! Ya
he comentado que, en más de una ocasión, he probado en mis carnes
los desgarrones que llegan a producir las afiladas rocas de la marina.
¡Hasta puntos de sutura me tuvieron que dar una vez en el glúteo!.
También he comprobado los efectos del monte bajo, sobre todo cuando
está bien azotado, endurecido y afilado por la tramontana: ¡puedes
reírte de las cuchillas de afeitar! Y por si no fuera suficiente,
estos últimos años me he vuelto fotosensible y me tienen casi frito
los rayos ultravioleta. Me lleno de unos medio granos, medio ampollas,
que pican como condenados y que producen una desazón enorme. Lo más
prudente es que, además de una buena mano de crema con factor de
protección muy alto, haya que buscar la sombra, usar sombrero y gafas
de sol y cubrirse al menos los hombros y el pecho durante las horas
centrales del día (aunque sólo sea con una camiseta y nada de
cintura para abajo) para evitar que el sol dé directamente sobre la
piel. Todo
eso (el traje de neopreno para el buceo, la camiseta para protegerme
del sol y el pantalón largo para andar por según qué lugares) junto
a algunas otras experiencias, me han hecho entender que el desnudo
integral es muy apetecible y saludable, pero que sería un terrible
error convertirlo en un absoluto. Lo inteligente es que cada uno,
vistas sus circunstancias, vaya viendo lo que le resulta más
conveniente. Si cualquier fundamentalista me hace ponerme en guardia y
casi echarme a temblar, también los posibles (y en algunos casos rarísimos
también reales) fundamentalismos nudistas. Podría
poner aquí el punto final, pero hay un aspecto del que todavía no he
hablado y pienso que se merece al menos una alusión: el
asociacionismo. No he hablado de él porque, durante mucho tiempo, ni
siquiera supe que hubiera asociaciones nudistas. Alguna vez, de
pasada, oí algo de centros nudistas en Francia; pero como no pensaba
visitar a nuestros vecinos (tampoco mi economía me lo hubiera
permitido) no le di más vueltas. Desde
el principio supe que por una serie de circunstancias (y no es la
menor que mis posibles días libres los tengo cambiados respecto a la
mayor parte de la gente: los fines de semana y los puentes es cuando
suelo estar más ocupado) no podría aportarle mucho a mi asociación,
ni tampoco participar en casi ninguna de sus actividades y reuniones.
Al menos podría darles el dinero de la cuota, mi apoyo moral y explícito
(le doy bastante importancia a lo de explicitar mi apoyo)... y
conseguiría que su número de socios aumentara en uno. No era mucho,
pero era algo. Y puede parecer una tontería; pero estoy convencido de
que, si se duplicase, triplicase... el número de socios, las
asociaciones tendrían más peso social y hasta puede que más
consideración por parte de los políticos. ¿Qué
esperaba sacar yo a cambio? Pues lo más importante: que aunque todo
continuara igual, y yo siguiera actuando casi como un francotirador,
estaría vinculado a un movimiento con unos objetivos que considero
importantes: divulgar y promover el nudismo. Procuro hacer esa promoción
a nivel personal; pero también me apetece (y lo veo necesario) que se
haga en un plano institucional y asociado. |
| Fuente: Lugares Naturistas - Autor: Eladio García 21-11-2003 |
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